sábado, 27 de septiembre de 2014

Una cajera mas que se separa de su marido

Un cerrajero de Zaragoza que abre lo que necesites abrir Los cerrajeros abren cualquier cosa imaginable. Estoy harta: nunca , nunca, nunca, se os ocurra trabajar en un banco. Si sois capaces de montar uno y ser el jefe, pues mira, eso está muy bien. Pero no hagáis como yo, que trabajo en la caja de uno de ellos.

Todo el día contando billetes y comprobando que son auténticos o falsos, atendiendo al público, tratando con clientes enfadados que se creen que el banco es mío y que yo tengo la culpa de todo. La semana pasada incluso nos atracaron, y claro: ¿a quién amenazaron con una pistola? ¡Pues a mí, que para eso soy la cajera! Aunque mejor dejar ese tema, porque no quiero ni pensarlo, vamos. Por aquí llevo tres días seguidos sin parar de llover, y yo que me subo por las paredes.

¿Para esto me dan vacaciones? Todo el año sin parar de trabajar y consigo una semana de vacaciones…: ¿y qué pasa entonces? Que llueve, llueve y llueve sin cesar. ¿A dónde demonios voy a ir con este tiempo? No me puedo mover de mi casa. Porque no os penséis que llueve con normalidad… Ah, no. ¡Aquí Diluvia! El centro está completamente inundado y en la tele y la radio recomiendan con insistencia que no se salga de casa. Y aquí estoy, aburriéndome. Mi marido, para colmo, está en un viaje de trabajo en Japón. Vuelve dentro de tres días. Hace un rato bajé al sótano, a buscar mi caja de fotos antiguas para entretenerme con algo. Y entonces lo he encontrado. En un rincón polvoriento, debajo de una tela que tapaba cajas con trastos, asomaba un cofrecito de madera. Nunca lo había visto antes, así que he sentido curiosidad y lo he subido al salón. Hace media hora que llamé a los cerrajeros baratos Zaragoza y uno de ellos debe de estar a punto de llegar. No podía resistir la curiosidad de ver qué contiene el misterioso cofre, pero como resultó que estaba cerrado con un candado sin llave, no he podido abrirlo. Han pegado al timbre.

Por fin. Ahí está. - Buenas tardes. - Hola. ¿La señora Josefa? ¿Ha llamado a un cerrajero? - Sí, pase… Es esta cajita, que tiene un candado y no encuentro la llave. El cerrajero la coge y en un instante la abre con no sé qué instrumento extraño en un momento. Le pago, me despido de él y corro ansiosa a ver qué hay en la caja Cartas. Perfumadas y con una preciosa letra que se nota que es de mujer. ¡¿Pero qué leen mis ojos?! ¡Oh, Dios mío, son cartas de amor! ¡Todas dirigidas a mi esposo! ¡Y son recientes! ¡Lucía! ¡Las firma Lucía! ¿Quién es Lucía? ¡No puede ser! ¡Mi Juan tiene una aventura!

¿Qué hago ahora? ¡Me divorcio! ¡Sí! ¡Ahora mismo llamo a mi abogado! Y claro, este sinvergüenza ni está en Japón ni nada… ¡Está con la Lucía! ¡Embustero! Todos los hombres son iguales. Si ya me lo decía mi madre: “Marisita, nena, ten cuidado, que todos los hombres son iguales y buscan los que buscan, pero tú no te fíes, hija mía, no te fíes nunca”. Hacerme esto a mí. ¿Por qué yo? ¿Es que ya no le gusto? ¿Y por qué no me lo dice? No, él es que no habla. Siempre reservado, siempre con secretos… ¡Ahora se va a enterar! ¡Voy a quedarme con la casa y con el dinero que tiene en Suiza y con el Mercedes! ¡Y ahora que se vaya con su Lucía, a ver si ella lo aguanta y le guisa como yo! ¡Canalla!

No hay comentarios:

Publicar un comentario